sábado, 10 de septiembre de 2011

161 Frío Verano





Bajo el epígrafe de relatos de verano, uno espera encontrar mar, sol, playa… Siento desilusionarles desde el principio. Mi padre alquilaba todos los estíos un apartamento, así lo denominaba él, era un ejemplo claro de ironía. La playa era un valle verde, frondoso, colonizado por inmensos rebaños de pinos, eucaliptos y robles centenarios. El mar un río angosto, que serpenteaba caprichoso entre la maleza, escondido,  invisible algunas veces, poblado de lodazales, bulímico unos días, anoréxico otros. El sol nunca fue capaz de demostrar su poderío en esos lugares y acomplejado sólo se dejaba ver un par de horas al día. La lluvia era la princesa de esos territorios, y se manifestaba jocosa, disfrazada de todas sus vestimentas:   llovizna, chaparrón, chubasco, aguacero, tormenta, diluvio. Igual que el frío, él era el rey; aprendí que el frío, además de frío,  puede ser cortante, helado, gélido, glacial. Ya pueden atisbar que el mío era un verano adjetivado, de matices. Ahí nació mi pasión por las letras. En ese hórrido paraje las leyes de la naturaleza no tenían jurisdicción.

Cargábamos el coche  el primer día de agosto, maletas, cajas y baúles desbordados de libros -a papá le gustaba leer-, y un par de bolsas de ropa. No anticipen, nada de bañadores, ni caribeñas bermudas, nada de castillos de arena. El vestuario veraniego consistía en dos pantalones de pana gruesa, tres jerséis raídos de vellón, un impermeable y dos pares de botas de agua. Mamá se despedía de nosotros simulando tristeza y  ataviada con su máscara de lloros sentenciaba: “no puedo ir hijo, el reuma, ese frío no puede se bueno para un ser humano”.

Mi padre decía que el apartamento –una casona destartalada- era antiguo. Si utilizamos el lenguaje con precisión yo diría que era una ruina. El tejado tenía goteras, las paredes desconchadas, las vigas carcomidas, las puertas y las ventanas no encajaban, y hacía frío, mucho frío. No les hablaré del jardín ni del baño, ellos solos darían para un nuevo relato. Nada más llegar papá empezaba a leer: leía de día, leía de noche. Sin reloj y sin el sol como referente, nunca sabías que hora era, y eso me tenía acongojado, me invadía una sensación extraña, como si el mundo no fuera mundo. Yo también leía, no dejaba de leer:  leía los caminos de las hormigas, el vuelo circular de los buitres, la dirección del viento, las huellas de los corzos; leía las ondas de la lluvia en la tierra mojada, el tintineo de los robles, el serpenteo del camino; leía el miedo en mis ojos y leía el frío. Allí aprendí que los árboles tienen nombre, y que el viento sopla de todas partes y de ninguna.  Mi padre preso por la zangarriana, salía del letargo, de su parálisis, una o dos veces por semana. Se levantaba de la mecedora y como si de un espectro se tratara, se acercaba cansino y acariciaba rítmicamente mi coronilla. Siempre repetía la misma frase “¿toda va bien Pablo?” –yo cabeceaba, intentando esbozar una sonrisa-. Uno, dos, tres segundos y repetía el mismo sainete “hijo, esto es el Paraíso”. Qué ejemplo más claro de eufemismo, o de sarcasmo, según se mire. Llegué a creer que estaba allí solo, que mi padre era etéreo, un holograma, y aquellos veranos un rito iniciático, una prueba del tribunal del destino.      

Pero después del verano siempre llega el otoño,  y recuerdo los primeros días de escuela, y aquella redacción explicativa de las vacaciones que Don Marcial, el maestro, nos exigía. Escuchábamos desganados aquella retahíla  de pimplarías, de historias mortecinas que desgranaban mis compañeros, llenas de sol, playa, y verbenas pueblerinas. Había que pagar ese tributo esperando mi relato: yo siempre era el último. Convertido en discípulo aventajado de Poe, desgranaba mi historia, donde las criaturas más fantásticas se mezclaban con los monstruos del averno. Se quedaban fríos, sentían miedo. El mismo frío y el mismo miedo que yo pasaba en aquel maldito apartamento. Recuerdo aquellos veranos como si se tratara de una película de terror, rodada en cinemascope, muda, en blanco y negro. Ese frío forma parte de mi vida, como los aplausos de mis compañeros y los parabienes de Don Marcial, el maestro. Al finalizar la clase, los más allegados me interrogaban “Pablo, de verdad, ¿en qué playa has veraneado?”. Yo los miraba fijamente y aguantando la tensión  respondía: “Es un secreto”. No les perdía de vista: auscultaba sus  miedos  y  también su frío.      


Visita La Esfera Cultural.


Tenéis la oportunidad de escuchar el audio del relato, en la radio, por la Voz Silenciosa. Escuchar tus textos relatados por esa voz es una suerte, los amigos de La Esfera son así. 

viernes, 9 de septiembre de 2011

160 Roma...


Conquistada por las legiones de tus palabras, te proclamé emperador de mi corazón, gladiador de mis anhelos, prócer de mis sueños. Devine tu diosa, tu Venus. Las sombras de la cotidianeidad asediaron nuestras murallas y el Imperio del amor se desmoronó: puede que fuera la bárbara rutina, la felicidad colmada, quizás la usanza. Hoy todos los caminos - los del recuerdo, los del olvido- me llevan a Roma. Transitando por estas calles colmadas de memorias y evocaciones, convertida en esclava de tu remembranza, lanzo mis últimas monedas a la Fontana de Trevi, llorando por lo que pudimos ser y nunca fuimos.




Este micro ha sido publicado hoy en el blog: 



Cada mes eligen un tema, y puedes participar enviando un microrrelato de 100 palabras como máximo. El tema de Septiembre es ROMA. ¡Participa!.
EURO-PA-LABRA es una interesante idea del Punto de Información Europeo SAJA NANSA (Gobierno de Cantabria),que ha creado un blog como lugar de encuentro
de la cultura y de los libros de la Unión Europea. 


jueves, 8 de septiembre de 2011

159 Concurso Relatos en Cadena...


Hoy se ha puesto en marcha la quinta edición del CONCURSO DE MICRORRELATOS que organiza la Cadena SER, conjuntamente con La Escuela de Escritores. Tiene periodicidad semanal, y como la mayoría ya sabéis, consiste en hacer un relato de 100 palabras, que comience por una frase predeterminada.

Relatos en cadena 2011-2012Ya tenemos la primera frase de esta edición, y fácil, fácil, no empezamos:

“La noche es una estrella en tu cucharilla”

Acordaros que hay un premio para el ganador anual, de 6000 euros.  Aquí encontrarás toda la información, habrá que poner las neuronas a funcionar, el plazo de entrega finaliza el domingo 11, a las 12 horas. Suerte a todos¡¡¡¡

158 Partido en dos.
















Hace tiempo que mi cabeza y mi corazón no se hablan. Ya no se escuchan, no se soportan. Se han alejado irremediablemente. Esa separación, este divorcio, me ha fracturado en dos. En dos seres enemistados que se observan con recelo. La cabeza es avispada, quimérica, ser ríe de mí, se ríe de todo. Ella piensa, crea, destruye, inventa mundos, imagina historias, se desborda. Camina, corre, vuela.  El corazón es atolondrado, es grande, pero se comporta como un niño pequeño. Camina torpe, late ingenuo. Cuando la cabeza se ríe maliciosa, él llora. El corazón es lento y  pausado. Él sueña, acaricia, susurra, gime y siente. A veces salta entre las nubes, percibe lunas, mira a lo lejos y se queda absorto, como perdido. "Eres bobo", le dice la cabeza. Él no escucha. Tengo que solucionar esto. Hoy he hablado con mi cabeza; ella me lo ha dicho claro, no me aguanta. Que esta situación cambia de rumbo o que lo nuestro se acabó; que ahí me quedo con el tonto ése del corazón, con los unicornios y con las princesas. Es capaz de hacerlo. Mañana intentaré hablar con el corazón. Me cuesta; todo son excusas, no veo el momento. Es tan cándido, tan incauto, pero sea como sea tendré que encontrar el instante y decirle cuatro cosas claras. Que espabile, yo sin cabeza no me quedo.


©  Xavier Blanco 2011.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

157 Mal camino.



Abrió los ojos doloridos como si emergiera por un pozo oscuro. No conseguía respirar. La sangre seca obstruía su nariz y seccionaba su garganta. Descendió, tembloroso, del vehículo. Una bruma baja asediaba el paraje. Miró a su alrededor: reconoció el cuerpo de María, inerte, en la ciénaga. Sólo podía ser un sueño, quizás una maldita pesadilla. Recordaba las risas, la carretera serpenteante, el claxon del camión y aquella luz cegadora. Tal vez había aparcado en el mismísimo infierno, tal vez sobró la última copa. Aterido, sintió frío, le atacó el miedo, un silencio sepulcral antecedió al respiro de la  muerte.


©  Xavier Blanco 2011.

martes, 6 de septiembre de 2011

156 El Jardín de los Recuerdos.

Se encubría  ya el sol y, sus rayos, vestidos de crepúsculo, irradiaban con luz vaporosa los eucaliptos que enaltecían el lugar. Caminando por el sendero que descendía, entre plantas de lavanda y sombras  de cormorán, dirigió su vista hacia el mirador: nadie, la vida le había vuelto a engañar. Recordaba aquellos días, aquellas risas; esos momentos que quedan tatuados en nuestra dermis, grabados con letras barrocas en el dintel de nuestro corazón.  En ese Jardín se dieron sus primeros besos,  se juraron amor eterno. Observó un hombre sentado en el banco. Aceleró su caminar, su corazón latía descompasado, efervescente, como si de una adolescente deseosa se tratara. Se abrazaron temblorosos: los ecos de la memoria  resonaron en el precipicio de la vida, el ámbar de sus ojos iluminó su rostro, sus dedos marchitos agasajaron su piel tatuada de surcos arados por la vida. Se besaron y, en ese roce infinito, su amor perenne sobrevino agua de romero, aroma de rosas,  simiente de felicidad. Sus caminos volvían a converger después de treinta años de espera, porque cuando el ocaso de la vida despunta por el horizonte eclipsando nuestra existencia, lo importante no es el primer deseo, sino el último.


©  Xavier Blanco 2011.



El concurso tiene un blog: JARDINES SECRETOSAhí podéis leer las bases, ver los textos de los participantes y enviar vuestros relatos. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

155 Ráfagas/15.






Conducía por un camino secundario, observé la señal: “Peligro, animales sueltos”, de pronto una bandada de unicornios alados surcó el cielo.


NOTA: Algunas veces el reflejo del sol engaña, nos deslumbra, y la carretera se convierte en un espejo, en un sueño onírico, en un espejismo. Puede que fuera eso, pero los había de todos los colores y pelajes: dorados, púrpuras, carmesíes, escarlatas.  Pasaron como una ráfaga, como un relámpago, como una bala camino del horizonte.

sábado, 3 de septiembre de 2011

154 Murieron con las botas puestas.


La historia que no nos han contado /1.

La batalla de Little Big Horn tuvo lugar el 25 de junio de 1876, en Little Big Horn, territorio de Montana (EE.UU), entre el 7º Regimiento de Caballería, comandado por el teniente coronel George Armstrong Custer  y varias tribus indígenas al mando del gran jefe sioux Tasunka Witko (Caballo Loco). Fue una de las grandes derrotas del ejército norteamericano. En 1941 Erol Flynn protagonizó la película “Murieron con las botas puestas”, donde se encumbraba la gesta de los hombre de Custer. De todos es sabido que la historia la cuentan los ganadores. En mi último viaje por EEUU un descendiente de Caballo Loco me contó la historia, he intentado recoger sus palabras, imaginar ese día y plasmarlo en este relato...tal vez esto fue lo que ocurrió...  

“El día alboreó gris, calimo. Hacía calor, un calor sofocante, asfixiante, como si el poblado habitase en las praderas del infierno. El viento ululaba, rugía, amplificando el retumbo de los tambores que tocaban a guerra. Los hombres se pertrechaban para una dura batalla. Circunspectos, parcos, sobrios de emociones, sus rostros delataban frío, el que produce el miedo, el que genera el silbido de la muerte martilleando incansablemente los tímpanos. Los caballos alborotados relinchaban, se movían inquietos, intranquilos. El poblado era un hervidero; la polvareda que producía el ir y venir de la muchedumbre cercaba los tipis de una bruma áspera y densa, como si se tratara de un espejismo, de un espectro fantasmal, irreal y etéreo. Las señales de humo ascendían delatoras, dibujando el camino de la dignidad. Las mujeres sombreaban a los guerreros con colores de hostilidad, de confrontación, y cuidadosamente les auxiliaban a revestirse de sus plumajes, de sus amuletos. Los niños asistían a las monturas, ornaban sus crines intentando  tranquilizar a los animales.

Fueron llegando uno detrás de otro, cientos, miles de hombres de las tribus Lakota, Cheyennes y Arapahoes, como una procesión de hormigas laboriosas, hasta convertir el poblado en un terrible termitero, capaz de carcomer los cimientos más duros, de roer al ejército más fiero. El gran jefe Tasunka Witko dio la orden de partir: enmudecieron los tambores, acallaron los gritos de rebelión, se aquietaron los caballos, el viento quedó inmóvil, exánime; un silencio inmortal violentó el entorno, como si la semilla de la muerte hubiera germinado antes de tiempo. Se despedían de las mujeres, de los niños; esos abrazos estaban impregnados de desolación, esos besos sabían a desasosiego. No había lugar para la mentira, ni siquiera para la esperanza: pocos regresarían con vida, tal vez ninguno. Los chavales miraban absortos, sus caras tensas y solemnes, incapaces de entender ese encontronazo, esa disonancia  de sentimientos adultos.

Los hombres iniciaron la marcha. El viento del desierto, agotada la tregua del adiós, comenzó a soplar virulento, hosco, del norte, del oeste, o vete a saber de dónde. El galope de los caballos, unido al aliento de miles de almas, levantaba un polvo denso, intratable, que se elevaba más allá del horizonte como vórtice de tornado. Avistaron al enemigo - cientos de hombres blancos-. Los tambores  ensordecieron y los gritos de guerra, fusionados con el relinchar de los caballos, fragmentaron el cielo en mil pedazos. La polvareda era inmensa, y nos sumergimos en ella como si fuera un mar infinito, miles de espíritus valerosos, sus ojos cubiertos por la venda de la ira, como si la infernal plaga de Egipto se hubiera desatado. Sí, vencimos. Ellos tenían palos de fuego, que disparaban muerte, esas balas zumbaban como mosquitos  ávidos de sangre, esos destellos iluminaban fantasmagóricamente aquella pradera del infierno. Nosotros sólo  teníamos la razón, nada más que la razón: aquella era nuestra tierra, un lugar olvidado de la mano de Dios, pero era nuestra tierra. Los matamos. Así son las guerras. Quedaron allí, mutilados, esviscerados, desmembrados,  amputados. Les aplastamos sus cráneos contra el suelo, les cortamos las cabelleras. Sí, me hubiera gustado estar allí y olfatear esa mezcla de sangre y polvo, ese lodo maldito que genera el odio, el resentimiento, la injusticia atávica. Esa fue nuestra última victoria, nuestro postrero hálito”.

Una luz mortecina se reflejaba en el techo y el rostro del anciano, coronado de nieve, emergía omnipresente, como si se tratara de un Braman, de un hechicero. El abuelo acarició la dermis del chaval  y reinició su discurso. Las palabras salían de su boca, silenciosas, sonando a salmodia, a conjuro secreto. una detrás de otra y con una modulación perfecta, las silabas completas cobraban vida, penetraban y quedaban tatuadas en la piel del chiquillo.

-    Ganamos la batalla hijo; sí, ganamos sin lugar a dudas, pero perdimos la guerra, esa y todas las demás guerras: la de la historia, la de la dignidad como pueblo y la del futuro, esa también la perdimos.  A veces pienso que la historia la escriben para los idiotas, para los guionistas de Hollywood.

El niño lo miraba embelesado; su cara de alcorza contrastaba con los rasgos pétreos del anciano. El abuelo tenía los mismos ojos que aquellos antiguos cazadores de búfalos que poblaron esas tierras. Ciego, podía adivinar la presencia sin ayuda de los sentidos.



- Esta es la historia hijo, la verdadera, la que me contó mi padre, la que le explicó su abuelo, la que tú deberás contar a tus hijos.   El General Custer y el Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos de América no fueron unos héroes, ni siquiera eran valientes, sólo unos haraganes, prepotentes, pendencieros, unos borrachos que no respetaban nada, ni a las mujeres, ni a los niños, ni siquiera a los muertos; no murieron con las botas puestas, se las quitamos, les cortamos las extremidades,  los degollamos. Sí, nos cegó el odio, la ira, la desesperación y  la impotencia.

Era jueves, y los jueves había visita. El sol caía pusilánime camino del ocaso. El chaval abrazó al abuelo y abandonó el recinto. Desde la ventana se podía divisar la gran pradera, cercada en el horizonte por las sombras ennoblecidas de las Montañas Rocosas. El geriátrico iniciaba su letargo. Desde la ventana los tipis de la reserva sioux de Fort Peck, en el Estado de Montana  se dibujaban enmarcados por el humo de las hogueras que  ascendía obediente. Hacía tiempo que no sonaban los tambores; la reserva  venteaba a destilación y a subsidio. 


Tipis indios en Dakota del Sur


©  Xavier Blanco 2011.


viernes, 2 de septiembre de 2011

153 Ayudando a papá.



-  Este gordo ocupa mucho lugar. No empieza bien el día hijo, y      encima pagan lo mismo por un gordo que por un flaco.
-  ¿Y con esta señora, qué hacemos papá?
-  Envuélvela en la sábana y la colocas junto a los demás, allí al fondo. Otro gordo, vaya día que tenemos hoy.
-  Hace mucho calor.
-  Tú, estudia mucho, que mira tu padre cómo se tiene que ver por su mala cabeza.
-  Yo de mayor quiero ser como tú, ingeniero de cadáveres.
-  Sepulturero hijo, se llama sepulturero.
-  Pues eso padre, lo que tú dices.


©  Xavier Blanco 2011.

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jueves, 1 de septiembre de 2011

152 Un Elefante en...Químicamente impuro



Los amigos de Químicamente Impuro me han publicado en su blog el micro titulado  "el Elefante" que hace unas semanas apareció en el CALEIDOSCOPIO. A los amigos del grupo Heliconia no puedo mas que agradecerles la publicación de este microrrelato, que intenta sacarnos una sonrisa utilizando palabras sencillas, que salen de la boca de un niño ingenuo, sin convencionalismos, sin normas.

Podéis leer el micro  aquí:  Un Elefante.
Os recomiendo visitar esta página de minificciones, metaficciones, nanorelatos, microcuentos  y otras brevedades. Este elefante es un pequeño granito de arena en esa playa inmensa de buena literatura, de histórias conmovedoras, terroríficas, alienígenas, exóticas, extrañas, reales, tristes, divertidas…, pero todas fantásticas, que penetran como un rayo, como una chispa, como un relámpago, como una flecha. Buena lectura.

151 Poca cosa.












Lloraba. Era poca cosa, el último de la fila, un cero a la izquierda. Gato por liebre. Cola de ratón, una piedra en el zapato, un sin nadie. Poco más que nada, un piltrafilla, un despojo, un desecho, sobras, ceniza, sólo migajas. A menudo una víctima propiciatoria, un daño colateral, una jugada del destino. Siempre ahogándose en un vaso de agua. Toda una vida  andando con la soga al cuello. Perennemente bailando con la mas fea. Aprendiz de todo maestro de nada. Un personajillo, mala suerte, mal fario, el número trece. Hablar, decir, opinar…caer en saco roto. Cantos de sirena, agua que no moja, cosecha perdida. Lloraba, no tenía muchas pretensiones; a él le hubiera gustado ser granito de arena. Cada loco con su tema. A buenas horas mangas verdes.


©  Xavier Blanco 2011.


martes, 30 de agosto de 2011

150 La muerte no tiene vacaciones (en tres Actos)


Los amigos de La Esfera Cultural
me han publicado hoy este relato de verano.
Espero que os guste.


ACTO 1. La vida pasa.

La jornada emergió azul; la brisa, suave; el sol, humano. La luz del día penetraba entre las oquedades del cortinaje, ofensiva, insultante, encumbrando el desorden, la anarquía de aquella desconsolada habitación de hotel. Se oteaba el mar. Ella, allí sentada; absorta, en el vidrio de la ventana se reflejaba su mirada cansina; sus ojos perdidos en el horizonte, la sombra de su existencia irradiada en el batir de las olas. Estremecida, la vida que va y viene, la vida que  te moja, que te cala, que te empapa... Así estaba, meditabunda, abstraída, ensimismada, cautiva de sus aprietos, presa de sus problemas, esclava de sus ahogos. Los minutos que pasan, las horas que se suceden, el día que cae, que huye, el sol perezoso, camino del ocaso. Nubes de crepúsculo, frío, sus sueños, sus ilusiones saturadas de tristeza, de estruendos, de sal y de arena. Allí estaba, barruntando pensamientos, la vida convertida en una ruina, devastada, calamitosa; el ruido de sus angustias, la cantinela de sus obsesiones, le impidió escuchar el eco de su consciencia, raída, huérfana de satisfacciones, su cerebro martilleaba a consternación, a desesperanza. 

ACTO 2. Desde la ventana

El azul del cielo devino gris, tal vez negro; una soledad prepotente, vacía, inmensa, envolvió su contorno, su cuerpo sudoroso, su mente desgastada naufragaba en un mar hórrido, atroz, como si la bolsa amniótica de la existencia se hubiera roto hecha añicos, fragmentada en mil pedazos. En ese momento abrió el ventanal que le permitía ver el mundo, cortó el cordón umbilical que le unía a la vida y, retando a la ley de la gravedad, se arrojó al vacío. Mientras su cuerpo peregrinaba por el acantilado de la muerte, caviló en el mas allá: ¡puta vida!, no había túnel oscuro, ni luz cegadora, ni siquiera vio su vida despedazada en fotogramas; ni su espíritu, ni su alma, se transmutaron reencarnándose en un ave, o simplemente en aire, en viento, en polvo: nada, sólo le asaltó el vértigo infinito del fracaso. Mientras se arrepentía, como siempre, percibió que la vida le había vuelto a engañar, pero esta vez no se dejó vencer y, antes de chocar contra el suelo, dejó de respirar traicionando así a la muerte. Quedó allí extendida, garabateada en el asfalto. Yo sólo la vi caer.

ACTO 3: Yo sólo la vi  caer.

Observé su mirada añil, su belleza, su rostro de princesa, y me sorprendió que su sangre no fuera azul. ¡Ojalá la hubiera conocido antes!, para auxiliarla, para socorrerla, para abrazar su hombro y susurrarle al oído  que siempre, en cualquier circunstancia, es mejor existir. Abochornado por mi osadía, me desleí en esos pensamientos y sentí frío, el mismo que envuelve al embustero, el mismo que encubre al farsante: ¿quién soy yo para enjuiciar sus actos?, ni siquiera conozco su nombre. Ella, me da igual como se llamara, tuvo valor, se lanzó al vacío y libremente eligió expirar, morir. ¿Yo?, no tengo agallas, ni siquiera cojones para pensarlo, yo solo soy un esclavo, un presidiario de las mazmorras de la vida. ¿Quién coño me he creído? ¿Quién soy yo para decirle no temas, es mejor vivir? Quizás un mequetrefe, tal vez un majadero, un mentecato. Tendría que borrar estas líneas, desmembrar estas frases, deshacer mi indolencia, pero ya no puedo, no soy capaz. Yo sólo la vi caer, como pluma de ánade que bambolea el viento, como cometa perdida rebuscando una mano, y conjeturé sus últimos pensamientos, imaginé sus postreras divagaciones y me atreví a escribir esta mierda de relato. Ni siquiera conocía su nombre, yo sólo la vi caer, quedó allí tendida, extinta, su cuerpo eviscerado, descoyuntado, naufragando en un océano de sangre.  Sí, por jodida que sea la subsistencia, por lacerante que sea la vida,  le hubiera dicho que siempre es mejor existir. Lo siento, yo sólo la vi caer desde la ventana, y la miré a los ojos.



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