Cuando era un chaval me gustaban las películas del oeste, esas de vaqueros. Yo siempre iba con los malos: los bandidos, los forajidos, los malhechores, con esos tipos huesudos, malcarados, tatuados de cicatrices; con los que robaban bancos, asaltaban diligencias, con esos con los que siempre perdían, con los que acababan con sus huesos en la cárcel, o acribillados a tiros en medio del Salón. La ficción es así, siempre ganan los buenos. Después crecí, y me embelesaba con los carteles de los delincuentes más buscados que decoraban las comisarías de policía: unos tipos feos, de miradas asesinas, de facciones adustas, hoscas; ojerosos, despeinados y mal afeitados. La verdad, me apiadaba de ellos, me compadecía: esos rostros, ese rictus de sufrimiento, de abatimiento, no dejaban lugar a dudas. No eran felices, o esas fotos estaban tomadas después de una noche de resaca en el fotomatón de la esquina, o pertenecer al lado oscuro no debía ser tarea fácil. Luego vinieron esos posters con los terroristas más buscados, siempre el mismo patrón, y esa pléyade de psicópatas, asesinos en serie, narcotraficantes y demás ralea que adornaban las oficinas de la Interpol. Qué tiempos aquellos. Ya nada es igual.

© Xavier Blanco 2011.
Radiografía precisa de nuestra realidad
ResponderEliminarSolo algunas batallas a corto plazo.
ResponderEliminarAmando, Montse, gracias por los comentarios. El sábado es luna llena y estos espectros montan guateque de zombis.
ResponderEliminarUn abrazo a los dos.
En mi inocente niñez cuando me instruía para la obra de Dios, el mal se identificaba en la figura del diablo con cuernos y su tridente destructor, que corrompía el alma de los mortales haciéndoles esclavos de sus malos deseos.
ResponderEliminarLos poderes del presente siguen utilizando la figura divina para justificar sus actuaciones y nos quieren hacer creer, que los males que actualmente nos aquejan, son fruto de nuestra débil naturaleza, persiguiendo nuestro bienestar queremos viviendas, trabajar menos y un sistema protector que nos resuelva la existencia.
Ahora lo maligno se esconde detrás de eufemismos para no verse identificado y no tener que asumir la responsabilidad de sus actos << a rio revuelto, ganancia de pescadores>> y genera conflictos armados para alimentar el aparato militar productivo, pandemias para beneficio de la industria farmacéutica y hambrunas para el control territorial.
Desde nuestra posición crítica hacia estos desmanes nos queda la responsable decisión de no participar en este juego macabro y orientar nuestras elecciones hacia proyectos, personajes y productos que cumplan un estándar ético.
Como decía un teólogo de mi seminario “ si el mal fuera tan poderoso ya nos hubiera destruido”